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¿Inflación?, ¿Deflación?, ¿Qué nos indican las materias primas?

El temor a que la situación de deflación que se vive en Japón desde hace más de una década se esparza por el mundo como un virus, atemoriza a miles de políticos y millones de inversores alrededor del globo.

Sin embargo, los especialistas consideran que los mercados aún no han dado señales de que este fenómeno se presente en las economías de EE.UU o Europa, a pesar de que ya hace más de un mes que James Bullard, presidente de la Reserva Federal de San Louis, alertara de que EEUU está cada vez más cerca de la deflación.

Si nos encontráramos ante un entorno deflacionista, el precio de las materias primas sería uno de los primeros que daría aviso, al disminuir como consecuencia de la caída de la demanda.

Todo lo contrario, fue lo que vimos en las últimas semanas en el mercado de las principales materias primas que miden la “temperatura” y “ritmo” de los mercados. Por una parte, el precio del oro, ha recuperado su tendencia alcista, aún cuando es considerado el principal activo al que recurren los inversores para cubrirse contra la inflación. En estos últimos días, vimos como el oro ha superado los 1.230 dólares la onza y se mantiene alcista.

También se han mostrado positivas otras materias primas, como por ejemplo las agrícolas, con el trigo como estandarte. Las sequías que se viven en Rusia, y la consecuente restricción mundial de este cereal que sirve de alimento base para el mundo han llevado a su precio a máximos de 15 años.

El crudo, por otra parte, en un contexto de deflación sería la primera materia prima que sufriría las consecuencias. Inmediatamente, y tan sólo con las sospechas, la demanda de petróleo se derrumbaría y con ella sus precios.

Sin embargo, el crudo no ha dado señales de tal situación. De hecho, desde hace aproximadamente un mes se mueve en un lateral entre los 70 y 80 dólares.

En conjunto, el comportamiento de las materias primas, aleja la idea de la deflación. Los expertos consideran que se reconoce una ralentización de la economía tanto en EE.UU. como en Europa, que puede derivar en una situación de desinflación pero no en deflación.

Inflación, nada nuevo en el horizonte español aunque sí en el de EE.UU.

Los mercados temblaron ayer ante la perspectiva de que la recuperación de Estados Unidos no sea tan solvente como se preveía. Los datos macroeconómicos no fueron buenos, pero lo que más desalentó a los inversores fue la Reserva Federal y más concretamente los términos de su comunicado oficial del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC). Se esperaba que los tipos permaneciesen en el 0%, pero no que lo harían durante “un periodo prolongado”. Ahora buena parte de los analistas empiezan a ver la deflación como una posibilidad real para economía estadounidense.

Desde Econobrowser apuntan directamente a esta alternativa, ya que ven un cambio de desinflación a deflación. Es decir, de caídas en la inflación a una tendencia más global y de mayor calado como la deflación. Pero no son los únicos, ya que esta corriente cuenta incluso con el flamante Premio Nobel Paul Krugman como uno de sus grandes defensores. En realidad, no es que la deflación sea inevitable, sino que se ha convertido en un riesgo potencial algo más plausible que hace apenas un mes y así lo refleja también una encuesta de The Wall Street Journal a 53 analistas.

Los temores de los analistas se basan por una parte en lecciones de historia económica como que “un alto desempleo conduce a la caída de la inflación, que después se estabiliza y se levanta tal vez de nuevo una vez que el desempleo se reduce” como explica Krugman. En el caso de Estados Unidos el paro empieza a convertirse en un verdadero quebradero de cabeza, a lo que se suman las primeras muestras de problemas de competitividad, algo hasta hace poco impensable.

Pero es que además los bonos de EE.UU. también indican la posibilidad deflacionista, que aunque todavía remota, está ahí. Y como indican desde Acciones de Bolsa, los grandes gestores se están preparando para la deflación. Sin embargo, desde el foro de Euribor apuntan a que los precios están contenidos como muestra el siguiente gráfico, ya que “se descuenta una inflación media para los próximos 5 años del 1.5% cuando hace 3 meses esa expectativa era del 2%”.

En este escenario le ha tocado a España dar a conocer su dato de IPC de julio . Partiendo de la base de que IPC e inflación no son sinónimos ni mucho menos, la cifra publicada por el Instituto Nacional de Estadística (INE) es la que más afecta a los bolsillos de los españoles. En este sentido, el IPC general volvió a subir en tasa interanual tras la caída de julio y lo hizo en cuatro décimas para situarse en el 1,9%, por el contrario, sí experimentó una caída proporcional en tasa intermensual.

Sin embargo, lo más interesante es observar como la inflación subyacente, que mide el IPC sin alimentos no elaborados ni productos energéticos sube también cuatro décimas hasta el 0,8%. Y es que este es el dato que suele usarse para determinar hacia donde se dirigen los precios. Cabe destacar que la inflación subyacente parece haber roto definitivamente la tendencia bajista y en los cuatro meses ha subido con fuerza (debemos tener en cuenta que este índice no suele experimentar importantes variaciones en poco tiempo), lo que nos indica que el IPC general puede terminar bastante arriba en 2010.

El gran argumento en contra de este escenario inflacionista en España llega de la mano del paro y del consumo.Es decir, con tasas de paro superiores al 20% va a ser difícil el despegue del consumo, a lo que también se une una mayor conciencia ahorradora por parte de la sociedad en general y por lo tanto un menor gasto. Si finalmente el consumo no repunta la lógica nos dice que los precios terminarán cayendo. Pero por desgracia en materia económica no todo es tan sencillo y como muchos auguraban, las medidas anticrisis del Gobierno están sirviendo para generar inflación, a lo que también contribuyen las inyecciones de liquidez del BCE y la Fed.


Al final, a escala mundial no parece claro si podemos esperar un escenario de deflación o inclación y hasta que no sepamos contestar a esta duda será complicado que cualquier Gobierno pueda plantear medidas que realmente tengan efecto. Mientras, el resto deberemos esperar.

La corelación entre oro e inflación

¿Existe una correlación entre oro e inflación? La respuesta parece clara y afirmativa. Desde hace varios años se ha establecido una conexión entre el precio del metal precioso y la evolución de la inflación, entendida esta como el incremento de la M3 o el dinero en circulación.

El propio Alan Greenspan, ex presidente de la Fed, ha hablado en ocasiones del oro como un indicador adelantado de la inflación. Su teoría es que cada crecimiento de la demanda de oro adelanta la huida de los inversores del mercado de divisas y si esto ocurre es precisamente porque estos mismos inversores creen que las divisas pueden perder valor. Dicho de otra forma: inflación.

Desde Inflation Data nos llega un completo artículo (en inglés) que analiza la relación histórica entre el oro y la inflación, algo que también aborda el Consejo Mundial del Oro en una serie de informes realizados a principios de año. El primero de los estudios, dirigido por Juan Carlos Artigas, revela que el incremento del dinero en circulación es un precedente del aumento en la cotización del oro. La relación temporal entre uno y otro evento se estima entre seis y nueve meses, dependiendo también de la economía que se trate.

En concreto, la relación entre el incremento de la masa monetaria y el del oro varía en función de cada país y no todos tienen el mismo impacto sobre el metal precioso. De esta forma, un aumento del 1% en el dinero en circulación de Estados Unidos supone una subida del 0,9% para el precio del oro, mientras que un incremento equivalente en Europa sólo hace que el oro escale un 0,5% en su precio. Lo más curioso es que India incide en un 0,7% y Turquía en un 0,05% en el precio del metal precioso.

El informe también desvela que el oro es un indicador de la velocidad futura del dinero, en especial en Estados Unidos. En otras palabras, el precio del oro puede interpretarse como una señal de la velocidad a la que el mercado espera que crezca el dinero y por lo tanto la inflación.

Un segundo estudio explica cómo utilizar el oro como un activo de inversión táctico para cubrir los riesgos inflacionarios en inversiones a largo plazo.

Hiperinflación

¿Qué es la hiperinflación? Se trata de un fenómeno relacionado con la inflación y en concreto con una subida descontrolada de la inflación con tasas mensuales que superan el 50% según kla definición del economista  Philip Cagan, aunque hay quienes creen que no se debe hablar de hiperinflación si el IPC no ha subido un 100% en un periodo de tres años. En cualquier caso, se entenderá por hiperinflación un brutal ascenso de precios de forma descontrolada.

Los efectos de la hiperinflación en una economía son nocivos, como también ocurre con la deflación o la estanflacion. La principal causa de este fenómeno es un rápido aumento de la cantidad de dinero que no se ve apoyado en la producción de bienes y servicios, lo que al final genera un desequilibrio entre la oferta y la demanda de dinero y, en último lugar, una pérdida de confianza en el dinero.

Los fenómenos de hiperinflación suelen estar ligados al papel moneda, porque es la forma más fácil de crear más dinero. En términos prácticos, la hiperinflación supone la pérdida total de valor por parte del dinero de forma que, por ejemplo, podría ser más rentable gastarse el salario inmediatamente tras cobrarlo porque en cuestión de un día los precios subirían a unos niveles inalcanzables.

Sin embargo, la mejor forma de hacernos a la idea de lo devastador que puede ser este fenómeno es a través de los ejemplos históricos de hiperinflación. El más conocido de todos es el sufrido por Alemania tras la Primera Guerra Mundial. Los acuerdos de paz obligaban al país a pagar fuertes indemnizaciones a las naciones vencedores y la situación del país, totalmente devastado, hacía que la recaudación fiscal fuese insuficiente para hacer frente a los pagos.

La solución de la república de Weimar no fue otra que la imprimir más dinero, lo que disparó la inflación hasta niveles insospechados: entre enero de 1922 y diciembre de 1923 la tasa de inflación acumulada llegó a ser de un billón por ciento. Es decir, el valor del dinero era cercano a cero.

Entre las anécdotas que circulan hay algunas tan gráficas como que algunos restaurantes dejaban pagar antes de comer porque después los precios ya habrían subido o de casas empapeladas con billetes porque resultaba más barato que hacerlo con papel normal.

En Hyperinflation Banknotes podemos ver algunos billetes de la época con cifras astronómicas. Además, también recoge los restos de otras de las hiperinflaciones más importantes de la historia. Entre ellas figuran la de Hungría, que pasa por ser la mayor jamás vivida. Tras la Segunda Guerra Mundial, los precios en un año se multiplicaron por 10^27 y al cambiar el tipo de moneda el cambio se hizo de forma que un florín equivalía a 400.000 cuatrillones de pengos. En el mes de Julio de 1946 el aumento de los precios fue del 41.900.000.000.000.000 %, para hacernos una idea los precios se duplicaban cada 13 horas.

Por si parte, en Chile el índice de coste de vida de 1950 a 1975 subió el 11,3 millones por ciento, seguido en el mismo período por Uruguay con el 323 mil por ciento y Argentina con el 197 mil por ciento. En Chile, sin embargo, desde 1976, los índices se moderan y mantienen entre el 20 y el 28 por ciento hasta 1991. En los últimos años sigue siendo la América Latina la que acoge la hiperinflación con persistencia y continuos rebrotes.

Tratar la hiperinflación es complicado, ya que conduce al sistema hacia una espiran que no para de generar inflación. Entre las soluciones más utilizadas destaca la de controlar el capital que se imprime (generalmente suele destinarse a un organismo externo como encargado de esa tarea) o la dolarización llevada a cabo por diferentes países en América Latina.

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